sábado, 21 de abril de 2012

I

Claudia se hallaba en una tienda de vinilos y le llamó sumamente la atención que un joven que pasaba los veinte tuviera uno de Modest Petrovich Mussorgsky en sus manos averiguando el precio.

—Cuesta unos ciento veinte pesos —le dijo.

—¡Ah! Gracias —respondió él —, no creí que a alguien le interesara la música clásica del tipo de Mussorgsky.

—Hace tiempo que lo compré y las copias que quedaron después han estado ahí desde entonces.

Ya veo. Por cierto, no me he presentadodijoMauricio, un placer.

El placer es mío. Claudia.

Mucho gusto, Claudia. Bueno, tengo que irme. Hasta luego dijo acercándose a la caja.

Claudia no respondió y siguió escudriñando las estanterías para hallar algún vinilo que se le hubiera escapado en escrutinios anteriores y sumamente intensivos.

Encontró la Suite Orquestal No. 3 de Johann Sebastian Bach y se martirizó a sí misma preguntándose qué hubiese sido de ella de habérsele escapado esa joya musical de las manos y juró buscar con más atención la próxima vez que entrara a la tienda. Una vez hubo pagado el vinilo regresó a su pequeño departamento y coloco su adquisición en el comedor. Siguió la rutina de siempre y entró al baño, se desvistió y se contempló en el espejo, se acercó y se miró a la cara. Pensó que había desperdiciado veintiséis años de su vida pretendiendo ser alguien que no era y que los últimos dos fueron los mejores de su vida: sin esperar nada de la vida, sin querer ser aceptada, sin prejuicios ni críticas, jugando a vivir con las cartas que al destino se le antojara darle. Su cuerpo perfecto y su cara hermosa no habían sido arma suficiente como para combatir la soledad que le causaba su carácter indómito e incomprendido, y era la soledad la única cosa a la que se aferraba con toda su alma a parte de sus vinilos.

Mírate, Claudia dijo —,años mintiéndole a tu alma y ahora eres más feliz que nunca. Aceptándote y sin cambiar para encajar a donde a una no la quieren.

Salió del baño y puso un poco de agua al fuego, se sentó en el desayunador de cara a la sala a esperar a que hirviera y se fijó en un pequeño archivero que tenía un etiqueta que decía: “Música clásica romántica del S. XIX” y pensó en Mussorgsky.

Pictures at an Exhibitionmurmuróese era el disco que encontró.

Recordó haberlo comprado a la edad de 17 años cuando empezó a encariñarse con los clásicos antiguos y fue en esa época en la que ya empezaban a notarse en ella síntomas de una personalidad ermitaña. Fue el primer disco de música clásica que compró, un CD de Pictures at an Exhibition en la versión de Jean-Claude Casadesus y gracias a esa compra conoció a Maurice Ravel, también en su La Valse y su Suite No. 2 de Daphnis et Chloé, y años después lo busco como desquiciada en la tienda de vinilos.

Pensó que no podría haber tenido mejor regalo en su vigésimo octavo aniversario que una Suite Orquestal de Bach, tomó su teléfono móvil y releyó el mensaje de texto de sus padres y el único mensaje de felicitación. Los viejos no hallaron mejor momento para recordarle que su vida social era nula y que debía de ejercer su profesión como contadora. Su respuesta fue un recordatorio de que ella trabajaba de cajera en una tienda de libros y que lo importante de ser contadora era contar dinero y eso era lo que hacía, agradeció la primera edición de Amor en los tiempos del cólera que le envió su padre y la vajilla de porcelana fina que le envió su madre, y se despidió escribiendo todo el amor que sentía por ellos en cuatro simples palabras: Los quiero, hasta luego.

A pesar de su frialdad hacia ellos, sus padres eran las únicas personas en la tierra a las que ella amaba. Ellos tal vez no la comprendieron nunca, pero siempre encontró un soporte en aquellos dos viejos nobles que le dieron la vida.

Nunca quiso ser tan adinerada como ellos, a los veintitrés años comprendió que lo suyo era la soledad y se sentía bien con ella, veía a sus compañeras sufrir por amor y ella jamás se sintió cómoda con verlas llorar, decidió permanecer sola y rechazar con brutalidad a aquellos que la quisieran pretender.

Escuchó el burbujeo del agua hirviendo detrás y sirvió una taza de café, dejó que se enfriara un poco mientras encendía el tornasol y colocaba su nuevo vinilo. Azucaró en exceso el café y se sentó en el único sillón de dos plazas de la sala de estar. Se quedó mirando enfrente sin observar nada en particular y pensó que era una holgazana, este pensamiento la hizo sonreír y se enfocó en los primeros acordes de la obertura, lo que en realidad esperaba con ansias era el aire de la suite, tan hermoso y fluido.

Fue acabándose el café lentamente mientras pasaban los largos minutos del primer movimiento y algo le empezaba a perturbar la paz, la imagen del chico con el vinilo de Mussorsgky, cómo era su nombre, Mario, Manuel, Mauricio, tal vez, sí, Mauricio. Se preguntó si era en realidad un amante de la música clásica o sólo un muchacho pretencioso. Ahora que lo pensaba con detenimiento nunca había visto a alguien demasiado joven por esa tienda, a decir verdad, jamás había visto a mucha gente por la tienda. Empezó a indagar los gustos de Mauricio y pensaba en eso hasta que se dio cuenta que la suite ya estaba en el cuarto movimiento y maldijo, se levantó y colocó la aguja a la altura del final del primero.

Solo tres veces un pensamiento la había hecho desenfocarse de su música. El primero fue un grito de dolor terrible que se había hecho escuchar a través de la ventana que daba a la calle, se asomó y pudo ver una camioneta alejándose a toda velocidad y un cuerpo cubierto de sangre con una bolsa de tela en la cabeza. La segunda vez alguien tocó a su puerta y resultó ser un par de jóvenes que llegaron a predicar la palabra del señor, ella les dijo que pasaran y les ofreció un vaso de agua. Al regresar con los vasos los muchachos habían desaparecido y, en su lugar, en la mesa, había una biblia blanca con manchas marrones, la abrió y en un agujero alargado abierto a través de la hojas, había un dedo pulgar con una nota que decía: “Esto es por lo del viernes”. No le dio más vueltas al asunto, buscó los cerillos, salió al patio, juntó las hojas secas del jardín del edificio e incineró la biblia.

Ahora, la tercera vez, había sido causada por ese tipejo cuyo nombre olvidaba en cada momento, volvió a darse cuenta de que la suite iba por el cuarto movimiento y una vez más maldijo, volvió a colocar la aguja al final del primero.

El sábado pasó el día en la librería, esperando que entrara algún extraviado preguntando por una dirección, alguna ardilla a arrancar páginas de algunos libros contemporáneos que tenían cerca de la ventana justo para eso, o, en el más improbable de los casos, un comprador de libros. Extrañamente, en el medio del sopor de las tres de la tarde, recordó las notas gloriosas del primer paseo de Pictures at an Exhibition y ya su estructura cognitiva la llevaba inexorablemente a pensar en Mauricio ¿O era Mario?

Continúa.

jueves, 19 de abril de 2012

Bienvenido de nuevo (Para mí mismo)

Ya tiene un año, más o menos, que he venido eliminando blog tras blog porque mis cuentos aún no terminan de convencerme del todo. He estado intentando crear mi propia voz literaria pero me he dado cuenta en este tiempo que eso requiere paciencia y dedicación, mucha dedicación.

En este blog, lo que escriba trataré de actualizarlo diariamente y escribir, al menos, durante una hora diaria (tengo qué escribir esto porque luego se me olvida y no me hago el hábito).

Me consuela saber que mi escritura, desde mi punto de vista, ha ido mejorando en 5 largos años pero también mis relatos se han ido haciendo más y más extensos, y eso evita que la gente me lea por este medio de comunicación que es el internet. Por eso y algunas otras cosas (como mi imperfecta ortografía que cada día trato de mejorar) les ruego paciencia para este ser humano que ha venido soñando toda su juventud en querer ser escritor.

Bienvenido a mí, de nuevo, pero con más hincapié hago la bienvenida hacia ustedes, lectores. En sus manos queda el juicio que me hará desistir de mi empresa o tomar más ánimos para hacerla realidad.